El fundamento místico de la autoridad – Pascal

Stephan Balleux – The apple of discord

A partir de mi lectura de Jacques Derrida llego a este pensamiento[1] de Pascal que cito completo porque me parece de una contundencia abrumadora y después de varias leídas no deja asombrarme. Creo que a pesar de sus años no ha perdido nada de actualidad, pues con facilidad podría utilizarse para pensar contextos de nuestra época.

En un inicio se plantea la inexistencia de una justicia universal y, por ende, la relatividad de la justicia en función a las costumbres de los pueblos y los momentos históricos. Las leyes naturales que pudiesen haber existido han sido corrompidas y vueltas a corromper por la bella razón humana.

Así, la Ley no es ley porque es justa (o porque parte de la justicia) sino que es justa porque es la Ley. La ley es ley y nada más. ¿En qué se sostendría su autoridad entonces? Pues en un fundamento místico, en la pura creencia en ella. La autoridad de la ley se fundamenta en un acto de fe, no en otra cosa.

A partir de esta conclusión vemos a Pascal subversivo vs. Pascal reaccionario. Considerará que la desconstrucción de la ley es un movimiento banal, pues al no existir la justicia, ninguna nueva ley logrará acercarse a ella. Por ello es preciso presentar la ley como eterna y ocultar su origen con el fin de mantener su hegemonía. ¡Él pueblo no debe saber la verdad!

Trabajaré este pensamiento en mi siguiente post sobre Derrida.

***

Stephan Balleux – Hold everything dear 001

230[2]

¿Sobre qué fundará él la economía del mundo que quiere gobernar? ¿Será sobre el capricho de cada particular? ¡Qué confusión! ¿Será sobre la justicia? Él la desconoce. Ciertamente, si la conociera, no hubiera establecido aquella máxima. La más general de las que hay entre los hombres, que cada uno siga las costumbres de su país; el brillo de la verdadera equidad habría sometido a todos los pueblos, y los legisladores no hubieran tomado por modelo, en vez de aquella justicia constante, las fantasías y caprichos de los persas y alemanes. Se la vería planteada en todos los Estados del mundo y en todos los tiempos, en lugar de verse que no hay nada justo ni injusto que no cambie de calidad en cambiando de clima. Tres grados de elevación del polo trastornan toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad; en pocos años de posesión las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas; la entrada de Saturno en el León nos señala el origen de tal crimen. Divertida justicia que limita un río. Verdad allende los Pirineos, error aquende. Confiesan que la justicia no está en las costumbres, sino que reside en las leyes naturales, conocidas en todo país. Ciertamente lo sostendrían a porfía si la temeridad del azar, que ha sembrado las leyes humanas, hubiera encontrado al menos una que fuese universal; pero la gracia es tal, que el capricho de los hombres está tan diversificado que no hay disposición de ello.

El robo, el incesto, el homicidio de los hijos y de los padres, todo ha encontrado lugar entre las acciones virtuosas. ¿Puede haber nada más chistoso que un hombre tenga derecho a matarme porque viva más allá del agua, y que su príncipe tenga querella contra el mío, aunque yo no tenga ninguna contra él?

Hay, sin duda, leyes naturales; pero esta bella razón corrompe todo lo corrompido: Nihil amplius nostrum est; quod nostrum decimus, artis est[3]. Ex senatus consultis et plebiscitis crimina exercentur[4]. Ul olim vitiis sic nunc legibus laboramus[5].

De esta confusión proviene que el uno dice que la esencia de la justicia es la autoridad del legislador; el otro, la comodidad del soberano; el otro, la costumbre presente, y es el más seguro: nada, según la sola razón, es justo en sí; todo vacila con el tiempo. La costumbre hace toda la equidad, por la sola razón que ha sido recibida; es el fundamento místico de la autoridad. Quien la reduce a su principio la anula. Nada es tan errado como esas leyes que enderezan los yerros; el que las obedece porque son justas obedece a la justicia que él imagina, pero no a la esencia de la ley: ésta se halla toda recopilada en sí; ella es ley y nada más. Quien quiera examinar el motivo lo encontrará tan débil y tan ligero, que, si no está acostumbrado a contemplar los prodigios de la imaginación humana, admirará que un siglo le haya grajeado tanta pompa y reverencia. El arte de derrumbar, trastornar los Estados es el de remover las costumbres establecidas, sondeando hasta su origen para señalar su defecto de autoridad y de justicia. Es preciso, se dice, recurrir a las leyes fundamentales y primitivas del Estado, que una costumbre injusta ha abolido. Es un juego seguro para perderlo todo; nada será justo con esta balanza. Sin embargo, el pueblo presta fácilmente oído a estos discursos. Sacuden el yugo desde que los reconocen; y los grandes se aprovechan de su ruina y de la de esos curiosos examinadores de costumbres recibidas. Por esto el más sabio de los legisladores decía que, para el bien de los hombres, es preciso a menudo cazarlos con reclamos; y otro, buen político: Cum veritatem qua liberetur ignoret, expedit quod fallatur[6]. No es necesario que él sienta la verdad de la usurpación: ha sido introducida otras veces sin razón, ha venido a ser razonable; es preciso hacerla mirar como auténtica, eterna y ocultar el comienzo si no se quiere que ella tome en seguida el fin.


[1] Pascal, Blaise. Pensamientos, Madrid, SARPE, 1984, pp. 90-92.

[2] El pensamiento es el 230 en la numeración de Chevalier o el 294 en la de Brunschvicg.

[3] “No hay nada que sea nuestro: lo que llamamos nuestro es obra de la convención (cf. Cicerón: De fin, V, 21).

[4] “En virtud de los senatus-consultos y de los plebiscitos se cometen los crímenes” (Séneca, Ep. 95).

[5] “Ayer sufríamos por nuestros vicios, hoy sufrimos por nuestras leyes” (Tácito, Ann, III, 25).

[6] “Como él ignore la verdad que liberta, bueno es que sea engañado” (cf. San Agustín, Civi. Dei. IV, 27).

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