Un oscuro deseo de catástrofe

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En su Ética, Alain Badiou describe al nihilismo contemporáneo como la combinación de dos posiciones: una resignación a lo necesario y una voluntad puramente negativa. Si en este caso el sometimiento a la necesidad no tiene otro nombre que economía (entendida como la lógica del Capital), su contraparte negativa asume la tarea de restringir las vías de lo posible a los vectores de lo computable bajo la temporalidad de la máquina capitalista. En esta lógica, la economía planetaria organiza la opinión pública y el compromiso subjetivo en función a la necesidad económica, la cual, a pesar de su aparente aleatoriedad delirante (aquella que obliga y autoriza la existencia de los economistas y su data), coacciona desde su extimidad la voluntad humana, de forma inflexible y continua.

Cuando la voluntad humana restringe su apertura a lo imposible por su resignación al Capital y sacrifica, de este modo, la posibilidad de ser fiel a una verdad (eterna y genérica), deja de ser algo más que voluntad de nada. De este modo, la figura del nihilismo contemporáneo da cuenta que “nuestras sociedades carecen de un porvenir universalmente presentable”. El capitalismo decreta entonces, con su lógica de la necesidad y su restricción de los posibles, el fin de las utopías universales y de los proyectos emancipatorios, condenándolos al atavismo.

También en su Manifiesto por la filosofía, Badiou sostiene que el nihilismo es aquello que declara como imposible el acceso a la verdad (como posibilidad de lo imposible). Bajo el despotismo del Capital, el ethos nihilista se sostiene sobre la idea de que la única verdad que puede advenir al hombre es la muerte. Todos compartimos este destino siniestro. Su inminencia es universal, la portamos en nuestra carne en descomposición. No obstante, los intereses de Badiou le rehúyen a la muerte justamente por su carácter mortal, por su inoculación de la finitud y la temporalidad en lo que sería la infinita posibilidad humana para la generación de verdades eternas.

Fundamentalmente, el nihilismo capitalista representa el reconocimiento de la ruptura con la figura tradicional del lazo, del vínculo esencial entre los entes. Esta figura del nihilismo es el des-enlace [un-binding] como ser de todo aquello que pretende ser del lazo. Dirá Badiou que “nuestro tiempo indudablemente se sostiene a sí mismo en una forma de atomismo generalizado, dado que ninguna consagración simbólica del lazo es capaz de resistir la potencia abstracta del Capital”. Los valores tradicionales, la cultura ancestral, los vínculos jerárquicos, la relación del hombre con la naturaleza, de los mortales con la vida eterna o de los grupos con la Polis; todo lazo fundacional, toda relación sagrada que postule un vínculo intrínseco y primordial entre los entes, ha sido corroído hasta los cimientos por el Gran Disolvente.

Hoy, toda entidad es necesariamente proyectada sobre la superficie abstracta y neutral de la computación monetaria, por lo que ya no es posible postular ningún tipo de lazo que no haya pasado antes por esta equivalencia general. Solo la retroalimentación de alta frecuencia generada por el plano expansivo del Capital controla las fuerzas del anudamiento. La formulación del lazo, su modificación, disolución o fortalecimiento, se constituye ahora sobre intereses de individualidad radical, dinámicas de competencia des-integrativa y un complejo social sostenido en la disipación entrópica. Ya no tenemos ni tiempo ni ganas (a menos que sea un buen negocio) de creer en principios fundamentales ni en trascendencias constitutivas. El régimen despótico del Capital, al que nos sometemos con el más intenso y apremiante de los placeres culposos, ha decretado la caducidad irrevocable de los lazos sagrados en manos de su potencia abstracta.

Pero Badiou no es un nostálgico ni un hippie. Por ello, no muestra reparos en celebrar esta potencia que los hombres han creado, pues considera que la capacidad desacralizadora de la máquina capitalista expone descarnadamente la multiplicidad como fundamento de lo presentado. La cibernética del Capital revela, en su desacralización del lazo, que lo Uno no es (o que no es más que una operación transitoria), y esto estructura las condiciones para un nuevo régimen de verdad. En otras palabras, gracias a que el Capital muestra que todo lo que es no es más que multiplicidad de multiplicidades (no hay lazos, no hay Uno), pueden darse las posibilidades históricas, materiales y subjetivas para generar verdades eternas y universales, dado que el procedimiento regulado de la emergencia acontecimental de la verdad no es más que el compromiso subjetivo (la fidelidad) a un múltiple suplementario (ver El ser y el acontecimiento).

Dirá Badiou en su Manifiesto por la filosofía:

La desacralización es la condición necesaria para develar la aproximación a un pensamiento como este [un pensamiento de la verdad]. Obviamente, es lo único que podemos y debemos acoger del Capital: ella denuncia todo efecto de Uno como una configuración simple y precaria; ella descarta la representación simbólica en la que el lazo hace semblante de ser. Que esta destitución opere en la más completa barbarie no debe ocultar su virtud propiamente ontológica. ¿A quién debemos agradecer por habernos alejado del mito de la Presencia, de esa garantía que le otorga substancialidad a los lazos y durabilidad a las relaciones esenciales, si no es a la automaticidad itinerante del Capital? Para poder pensar por encima del Capital y su mediocre prescripción (la computación general del tiempo), de todos modos debemos tomar como un punto de partida aquello que ha desplegado: el Ser es esencialmente múltiple, la Presencia sagrada es un puro semblante y la verdad, como cualquier cosa que exista, no es una revelación. (pp. 56-57, la traducción es mía)

Cabe resaltar que, para Badiou, este aspecto herético del Capital no es del todo nihilista, si se considera como nihilismo la voluntad de nada, es decir, la negación de la verdad. Nuestra época es la primera era humana en la que la destitución de los lazos sagrados deja abierta la posibilidad de verdades genéricas al revelar la composición múltiple de lo dado. De esta consideración surge el llamado badiouista a pensar al nivel del Capital, aprovechando las condiciones ontológicas (multiplicidad de multiplicidades) que este devela con el fin de actualizar la potencialidad humana para formular verdades genéricas. De cierta manera, Badiou construye su propuesta política a partir de consideraciones pesimistas sobre el presente como un nihilismo del des-enlace, pero la acompaña con una fuerte carga de esperanza en las posibilidades que esta situación abriría para los seres humanos.

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Sin embargo, su celebración de la potencia desacralizadora del Capital es acompañada de un lamento constante. Y es que la respuesta común y corriente (humana demasiado humana) a la hiper-desacralización económica no ha sido la de intensificar la generación de verdades, sino la de buscar lazos temporales y localizados (re-territorialización) en base a una “matriz universal flácida” compuesta por religiones decadentes, políticas mesiánicas, ciencias ocultistas y todo tipo de seudo-lazos. Así, el llamado de Badiou a pensar al nivel del Capital toma la forma de un manifiesto (su Manifiesto por la filosofía) justamente porque entiende que el ser humano no ha logrado reconocer por completo lo absoluto de la multiplicidad y del no-ser del lazo, así como las consecuencias ético-políticas de tal situación. Frente a la descomposición acelerada de un (supuesto) Antiguo Orden, predominan la nostalgia por los lazos perdidos y el desdén por las posibilidades que se abren en este nuevo régimen de verdad.

Badiou, sin embargo, tiene esperanzas:

Cada época –y en definitiva ninguna vale más que cualquier otra– atiene su propia figura nihilista. Los nombres cambian, pero bajo estos nombres se reencuentra siempre la articulación de una propaganda conservadora y de un oscuro deseo de catástrofe.

Es solamente declarando querer lo que el conservadurismo decreta como imposible, y afirmando las verdades contra el deseo de nada, que uno se separa del nihilismo. La posibilidad de lo imposible, que todo encuentro amoroso, toda refundación científica, toda invención artística y toda secuencia de la política de emancipación, ponen bajo nuestros ojos, es el único principio de una ética de las verdades. (Ética, s/n)

Las convicciones de Badiou son claras: el homo sapiens piensa y, como tal, es capaz de lo imposible. Nuestras ideas tienen la potencia de la verdad, de lo eterno y lo universal. La itinerancia abstracta y desacralizadora del Capital, con su destitución de lo Uno, abre las vías de acceso a la multiplicidad del Ser y a la suplementariedad del acontecimiento. El nihilismo solo se consolidará, nos dice, si nos cerramos a la posibilidad de la verdad, reconociendo el sometimiento de la voluntad humana a las lógicas económicas de la necesidad.

Algunos abrazamos sin reparos esta potencia nihilista, sobre todo cuando los vectores del pensamiento se orientan intempestivamente por la inevitabilidad del devenir cosmológico antes que por las esperanzas en la humanidad. Donde Badiou señala una oscuridad de la que hay que sobreponerse, nosotros vemos la iluminación de nuevos horizontes más allá de los seres humanos. Donde observa barbarismo y mediocridad, un pensamiento realista encuentra destrucción creativa y eficiencia. Allí donde su eticismo seudo-religioso encuentra, de modo simultáneo, posibilidad y límites al despliegue de los procedimientos genéricos de verdad en la descomposición de los lazos, el realismo reconoce la optimización acelerada de una proto-inteligencia inhumana híper-flexible y cibernéticamente potenciada. Finalmente, donde él se lamenta por los movimientos re-territorializadores y las matrices flácidas, otros comprendemos dinámicas de resistencia del homo sapiens a los procesos de selección natural que apuntan a extinguirlo.

La Singularidad Capitalista se nutre y se fortalece de este nihilismo virulento, del sometimiento voluntario del homo sapiens a la necesidad económica y del reconocimiento ateo de la total ausencia de verdades genéricas y eternas. Su principio y condición de posibilidad es la lógica computacional automatizada y expansiva, desacralizadora y temporal. Este horizonte especulativo es todo menos conservador cuando reconoce que la pieza humana, más allá de su capacidad para engendrar inteligencia (quizá el bien más preciado del universo), no es más que un engranaje transitorio en una maquina que lo trasciende y que acelera hacia su completa autonomía. Si bien los tiempos de su progresión se adecuan más a las escalas cosmológicas de la evolución que a nuestra micro-historia humana, igual resulta difícil admirar su imponente avance y su abismal indiferencia sin sentir un oscuro deseo de catástrofe.

Imágenes de Flubberwurm
 
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6 pensamientos en “Un oscuro deseo de catástrofe

  1. […] angle. + Accelerationism’s most formidable opponent to date — ordinaryism. ++ A recent piece by UF’s favorite accelerationist Javier Urbina (in […]

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  2. el árbol de la vida dice:

    Estimado Javier
    Qué opina de la psicología transpersonal, la psicología chamánica?
    Desde su posición crítica de psicoanalista Qué opina del fenómeno místico, aquello que ha hecho “salir” a muchos hombres de si para encontrarse con algo “trascendente”? que importancia ocupa la mística dentro de la “humanidad” ?

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  3. No conozco muy bien los temas de tus preguntas, por lo que no me atrevería a responderlas. En todo caso, el misticismo siempre me ha parecido un tema fascinante, pero aún no encuentro los puntos por donde articularlo con mis ideas. Creo que si alguna “importancia” tiene para la humanidad es el de presentarnos las experiencias límite en la fusión de la fe, la sexualidad, el cuerpo y la palabra que se descompone ante lo inefable.

    El misticismo es un tema bastante estudiado por Lacan, especialmente alrededor de sus preguntas por el goce femenino y las fronteras del lenguaje. Puedes revisar sus planteamientos en el Seminario XX, donde trabaja los escritos de Santa Teresa de Jesús. Otro libro bueno es el de Jacques Le Brun “El amor puro, de Platón a Lacan” dónde trabaja la obra de Fenelon y su relación con las experiencias místicas de Madame Guyon. Estoy seguro que hay mucha más bibliografía interesante. Si tienes algunos otros libros que me recomiendes sobre el tema házmelo saber.

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  4. […] fronteras y creencias ancestrales. De forma cada vez más intensa, su metabolismo se revitaliza al engullir sin contemplaciones topo tipo de lazo tradicional, reconfigurándolo como un intercambio económico acorde a su […]

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  5. Enrique Delgado dice:

    Javier, excelente tu post. Me encantó. Así no más no se encuentra un texto tan preciso sobre Badiou, casi diría, no solo claro, sino “claro y distinto”. A propósito del mismo, me provoca citar El Manifiesto cuando Marx y Engels señalan que: “Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas, quedan rotas: las que la reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo que era sólido y estable es destruido; todo lo que era sagrado es profanado, y los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con desilusión”

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  6. Gracias por tus palabras, Kike. La cita que compartes es precisa. Sin embargo, es importante destacar que el péndulo de la desacralización capitalista se balancea entre esa alienación desilusionada y la apertura hacia la multiplicidad de posibilidades de reconstitución filosófica, política, científica, artística, etc. de la episteme humana. El mecanismo del Capital es opresión, pero también (y sobre todo) es potencialidad.

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